Santa Marina


Me siento un poco enfermo. Después de comer la conversación ha derivado en un viejo sanatorio que se alza en los alrededores de Bilbao (algún día tengo que pasarme por allí).

Al parecer, a comienzos del siglo XX, la tuberculosis tuvo una enorme incidencia en esta zona y todo el mundo tenía algún conocido que moría de la enfermedad. Una vez diagnosticada la enfermedad, los médicos enviaban a los enfermos a Santa Marina, para aislarles (la tuberculosis es muy contagiosa) y para que respiraran “aire puro”.

Puro o no, nadie podía negar que Santa Marina disfrutaba de mucho aire. Las personas que lo visitaron hace 40 o 50 años me cuentan que era una experiencia terrible. Un “hospital” de dos plantas y techos altos, saturado de camas y con grandes ventanales… abiertos siempre. Día y noche, invierno y verano, las ventanas siempre estaban abiertas.

Se decía que el que iba allí no volvía. La gente no iba allí a curarse. Iban allí a morir. Era verdad, si no se los llevaba la tuberculosis, el frío hacía el resto.

- ¿Qué te ha dicho el médico?
- Esta semana no ha pasado… ni la anterior.

La nota positiva con la que me quedo de estos relatos tan terribles es la esperanza, el cariño, la forma en que los enfermos compartían lo poco que tenían. Las pobres familias se esforzaban en llevar a sus enfermos la mejor comida que podían, la que ellos apenas se podían permitir, en la esperanza de que así se recuperarían. Y una vez allí, los enfermos afortunados repartían su comida con los que tenían menos suerte y nadie visitaba.

Os he querido hablar sobre Santa Marina porque hoy ha aparecido un artículo en “XLSemanal” acerca de la tuberculosis en la actualidad:

http://www.xlsemanal.com/web/articulo.php?id=15297&id_edicion=1967

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