Arbitraje

Partido a las 16:45. Juvenil masculino vizcaino en Urduliz. Mi segundo partido de esta categoría. Me han dicho que se están jugando el ascenso. Genial.

Como a toda prisa, pero mi padre se apiada de mí y me dice que me lleva. Me tumbo en la cama y trato de relajarme un rato. Cogemos el coche y mi padre me deja enfrente del polideportivo una hora antes.

Solo hay un par de chavales echando unos tiros. Me indican mi vestuario, un cuarto frío, sucio y sin llave. Al menos hay una ducha. Pienso en el terreno de juego. Un frontón de pelotamano con porterías. Increíble, y ahí se juega a balonmano nacional, pienso. Las porterías están tan cerca de la pared que se de antemano que los balones van a rebotar como balas sin que nadie los vea y todos me miren.

Me pongo el trajecito azul cielo (qué frío – es como arbitrar en bañador), saco el acta y empiezo con la literatura. Estar encerrado en aquel cuartucho no me da muy buena espina, así que cojo todo y salgo fuera, a la minimesa del cronometrador.

Fichas, DNIs, hasta un carné de conducir me sacan. Media hora rellenando papeles. Ya tengo las manos congeladas. Espero que el cronometrador logre descifrar el cronometro de pared antes de que empieze el partido.

Cojo aire. Pito, vienen los capitanes, se dan la mano con recelo, elegimos balón, monedita al aire.

Encienden las luces y empezamos el partido. 17 y 18 años. Son más grandes que yo. La velocidad es alucinante, cada vez que se tocan parece que se matan. Pito golpes y siento una voz en mi cabeza: “echa amarillas, dales caña que estos se te suben a la chepa y acabamos mal”. Los nervios me atenazan y trago saliva. Qué hago yo ahí, en medio de aquella salvajada.

Aparto los nervios de mi mente y me concentro. Una amarilla. Y otra. Un par de penaltis. 10-9. 12-13. Se acaba la primera parte. Los de fuera van ganando y el delegado de campo (sí, ese tío neutral que te tiene que defender) está calentando a los jugadores, al público y lo intenta conmigo.

Entro al vestuario y me siento en silencio. Se que la segunda parte va a ser terrible. Arbitrar solo a esos bestias es cuestión de echarle narices. Lo que tú dices es lo que hay. Y punto. Si hay que dejar a cuatro en el campo, pues se les deja.

Segunda parte. Es curioso como ocurren las cosas. Mientras arbitras estás bajo tensión, con la adrenalina a tope, sabes que tienes que controlar a catorce personas pegándose (literalmente) por el balón, el tiempo, goles, exclusiones, el cronometrador. Son momentos en los que piensas: Que acabe ya.

Pero es curioso como te remites a cada jugada, la ves, la pitas y sigues. Y sigues. Y antes de que te des cuenta, acaba el partido. Sabes que se te ha ido un poco de las manos, pero has mantenido el tipo, y, lo importante, ha sobrevivido. Olvidas los fallos y recuerdas: e, lo he hecho lo mejor que he podido. Ahora solo me queda hora y media de viaje hasta casa.

Mientras viajo a veces me vienen pensamientos: “Vaya árbitrucho estoy hecho, menudas cagadas, tengo que ser más duro…”, o los gritos de los entrenadores y el público. Entonces recuerdo como un jugador me ha dicho al final del partido: “E, lo has hecho bien, no te has dejado influenciar”. Llego a casa, recojo la mochila y envío el resultado por SMS.

Se que al día siguiente alguien se me dedicará unas palabritas en el foro anónimo de la federación. Me da igual. Ni siquiera pienso entrar.

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