Reflexiones de un sábado noche

Hoy he ido a dar una vuelta en bici y casualmente me he encontrado con algunos de clase. Viva el botellón, he pensado. He pasado de largo pero a la vuelta me han visto y me han llamado.

- “Huerta, ese ahi!”

Era lo más que podían llegar a decir tal y como estaban. He pasado de largo y he seguido mi camino. Algo está terriblemente mal. Me lo decía mi amigo Ra delante de una cerveza esta misma mañana. Escondemos los problemas como si no existieran mientras miramos nuestro ombliguito.

Estábamos discutiendo acerca de la educación.

R: – ¿Por qué vas a clase a las 8 de la mañana?

I: – Pues porque es mi obligación, tengo que estudiar…

R: – Ya. Pues no. Vas porque estamos metidos en sistema en el que todos somos borreguitos, donde no existe la conciencia de donde estamos. Pregunta a los niños porque van a clase. Lo más que te pueden decir es que para ver a sus amigos. No sabemos lo que hacemos ni porqué lo hacemos.

Me ha dejado pensativo. Vale, que lo del sistema está un poco fuera de contexto, pero Ra es así. Nacemos, crecemos, follamos si tenemos suerte y morimos.

Yo creo que la educación nos debería enseñar lo suficiente para motivar unas ambiciones de mejorar y de avanzar, para hacernos tolerantes con lo que desconocemos y para poder hablar diciendo algo.

Pero resulta que ahí siguen mis compañeros, tirados por el suelo bebiendo y bebiendo. Llevamos años buscando la causa. Es sencilla. No tienen nada más que hacer. Nadie nos exige nada. Nadie nos pide nada. Nunca el ser humano ha tenido tanta libertad ni tantas posibilidades. Pero sin nada por lo que luchar, el ser humano no es nada. Para mí es la criatura más misteriosa que nunca nos podríamos haber imaginado. Somos capaces de absolutamente cualquier cosa. Pero no lo hacemos. Buscamos la salida más fácil. Y esa salida suele tener la forma de una botella en bolsa de plástico.

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